Literatura

Confesiones Literarias – o, “quedándome chingo”

17 septiembre, 2017

El gran escritor Neil Gaiman, ofrece el siguiente consejo para los ensayistas amateur: ¡deschínguense! Cuando el proverbial ácido, provocado por la más pura pena, esté trepándole por la nuca… ese es el indicador de que está escribiendo algo que vale la pena.

Ok, Neil.

Voy, de un tirón, arrancándome los calzoncillos

Mi viejo (que en paz descanse) formó parte de la marejada de chilenos que llegó después del 73 a engrosar la floreciente facultad de la Universidad de Costa Rica. Como es de esperar, mis más antiguos recuerdos son de asados en la terraza de mi casa, donde una banda de artistas, escritores, y profesores (todos muy barbudos) pasaban cagados de risa al son de Mercedes Sosa, Ángel Parra, y Víctor Jara.

Sobra decir que los miembros de dicha camada no eran precisamente fanáticos ni del capitalismo gringo, ni de Reagan, y que mi crianza involucró una fuerte dosis de poción hippie.

¡Ah, las maneras insospechadas en que uno se avergüenza!

No voy a decir que deshonré el legado literario de mi padre. De hecho, mi primer libro de Gurdjieff fue la copia despojada de carátula que mi papá contrabandeó de Santiago. Después de la partida de mi padre, seguí leyendo a ese intricado místico. Los hermanos Karamázov también siguieron en mi playlist de literatura presumiblemente aprobada por mi padre.

Pero,

Siempre hay un pero. (a veces más de uno).

Culposos e inevitables

Poco iba a sospechar mi padre del eventual destino, del pintoresco pueblito a las faldas de las montañas de Escazú, en San José. Como bien sabemos, aquel reducto de artistas y carretas folclóricas poco a poco se iba a perfilar como la zona más rosa de la capital. Allí me crie, y allí sigo viviendo.

Eso significó que, entre mis más queridos amigos y vecinos, inevitablemente encontré otras influencias, las cuales complementaron los sabores de la Intelligentsia Izquierdosa que predominaban en casa: empresarios, emprendedores, y expertos en finanzas me aportaron notas y sabores, que eventualmente me dieron un gusto por leer revistas de emprendimiento, marketing psicológico, y… mis culposos e inevitables libros de motivación à la Wall Street. Lo más gringo de lo gringo.

Y de esta manera, llegamos a la parte más escandalosa de mi strip tease. Sin lugar a dudas, uno de los más citados libros de este ignominioso género es el famoso “Piense y hágase rico” (orig. Think and Grow Rich) del escritor estadounidense Napoleón Hill. Este es el indiscutible Santo Grial, el mismísimo ethos destilado del gremio de los negocios gringos. Y, -puta-¡cómo me llega!

Sí, me llega un montón.

No puedo ni siquiera decir cuántas veces lo he leído, pero han sido más pasadas de las que le he dado al mismísimo Dostoyevsky. ¡Uff! Allí está, lo dije. Desnudo, heme aquí. ¿Qué decir de Napoleón Hill? El libro es un bálsamo, y lo utilizo (justamente) de manera utilitaria cuando mi cabeza, eterna fuente de angustias, amenaza a derrumbarme.

Me sirve, y no me avergüenzo. En verdad, soy dueño de empresa, y sé muy bien que hay que trabajar duro para tener el jugo emocional necesario para mantener el barco a flote. Los estadounidenses tienen su bien ganada reputación como maestros de los negocios, y si Think and Grow Rich ha sido el complejo vitamínico de preferencia de muchos de estos empresarios, ¡bien por mí!

Tranquilo, mi tata. Tranquilo.

Mientras escribo esto, suena Naima, de Coltrane. Acabo de conversar con mi mamá de la copia del Tiempo Transcurrido de Juan Villoro que compré en México (el libro: ¡alucinante!, el cd: ¡meh!). Mis raíces probablemente no las voy a cambiar. El Arte de la Negociación de Trump está lejísimos de manchar mi lista de compras, y mi hora de lectura en las mañanas va a seguir siendo una parte inviolable de mi ritual matutino. Escazuceño, sí. Hippie, también.

Tranquilo, mi tata.

Tranquilo. El jazz sigue, Kerouac sigue, y la jupa enredada sigue. Y todo es hermoso.

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