Meditación Opinión

Un Entretenido Elefantito

13 septiembre, 2017

Bien poquito, antes de que partiera de este mundo, me acuerdo  de cómo claramente papá seguía berreando en contra de la cultura de distracción que nos rige sin piedad. ¡Ah, qué varas de viejo cascarrabias! , pensaba yo. A pesar de que me faltan algunas  “decaditas” para llegar a esa edad, creo que entre las miles de horas de tutorías que he impartido, y la manera como las emociones a galope suelto están cambiando la política mundial, me pregunto si los comentarios de mi padre eran solo porque él era un cascarrabias, o si algo de razón tenían.

Lo escuché, por primera vez, de los autores Chip Heath y Dan Heath en su libro Cambia el chip: Cómo afrontar cambios que parecen imposibles. Ellos alegan que nuestra mente puede ser vista como un elefante gigante guiado por un jinete que es tan enclenque como juicioso. El pesado y macizo elefante, no tiene más remedio que dejarse guiar ya sea por la rienda del jinete (cuando todo está tranquilo), o por sus instintos animales (por ejemplo, cuando está agotado o cunde el pánico). Dichos instintos, incluyen comer, aparearse, pelear, etc. El jinete (reciente aparición en el elenco de la película terrestre), tiene los dones del raciocinio, la introspección, y la capacidad de modular sus impulsos. Sin embargo, ante la aparición de un ratón, y el consiguiente pánico de nuestro cornudo amigo, el jinete, lamentablemente,  va a tener bien poquito que hacer con toda su lógica para enfrentar a un elefante rabioso.

Esta semana, una vez más en los últimos meses, parece que mi conexión a Internet se ha convertido en una especie de colon que me regala una aspersión de la más asquerosa y maloliente ignorancia: gritos al son de “¡los judíos no nos remplazarán!”. ISIS vanagloriándose del ataque en La Rambla, Barcelona, y el niño Trump con su, cada vez más desmedida diarrea mental, haciendo comentarios que solo validan el detestable hábito de hablar directamente del hígado.

El elefante sin riendas tiene las de ganar

Mil veces he sucumbido, y mil veces más lo haré: tarde, de noche, agotado, el elefante me hace tomar y comer por inercia. Las mañanas grises, los ánimos me hacen quedarme en casa, en lugar de ir al gimnasio. En mi hora de práctica de batería, me da por tocar las canciones que me salen bien, en lugar de practicar los ejercicios que me cuestan. Las ganas insoportables de distracción, que se apoderan de mi cabeza y la sujetan con fuerza de hierro a los putos videos cortitos de Facebook, en lugar de abrir el libro que estoy leyendo en el momento. ¡Ah! ¡Qué manera de perder la vida!

El mundo está en un romance con el elefante sin riendas

Otra reciente aparición en el escenario biológico es nuestra corteza prefrontal, donde vive el famoso jinete. Es la parte del cerebro que nos tocó estrenar. Los autores Rick Hanson y Richard Mendius dan un recuento exquisito de la evolución de dicho órgano en El cerebro de buda: la neurociencia de la felicidad, el amor y la sabiduría. Valga la pena mencionar también qué es la corteza prefrontal, la parte que nos permite evaluar nuestras acciones, controlar nuestros impulsos emocionales  y ponernos en los zapatos de los demás.

Quizás es por lo nueva que es esta parte de nuestra cabeza, que nos toma tiempo aprender a usarla, y si no practicamos se nos olvidan sus capacidades. Cabe mencionar que esta parte del cerebro no termina de desarrollarse hasta los 28 años de edad. Esto explica, por ejemplo, muchas de mis infernales resacas antes de dicha edad. Esto explica también por qué los matrimonios que atraviesan esta circunstancial edad son los que estadísticamente afrontan las tasas de divorcio más altas.

En fin, ejercitar la corteza prefrontal no es fácil, pero el hecho es que la cultura del entretenimiento, que mi padre criticaba, trabaja para hacer más fácil en no ejercitar nuestra capacidad de reflexión, autocontrol  y empatía. En estas épocas “trumpescas”, me parece que es nuestro absoluto deber y responsabilidad redoblar esfuerzos y demostrar que podemos ser mejores que nuestra negligencia ancestral.

¡Usted ya lo ha hecho!

Si alguna vez se quedó estudiando en lugar de ir a jugar. Si, en por lo menos una ocasión, detuvo el tenedor antes de que llegara a su boca. Si en algún momento volteó a ver al pasado, para no repetir un error. Todos esos momentos fueron victorias del jinete. ¡No se quite mérito!

Antes de concluir, voy a compartir dos herramientas prácticas que, en mi humilde experiencia, han servido para ejercitar el terco músculo del jinete.

Estrategia #1: Tomado de los consejos de Angela Duckworth en su fascinante libro Grit: El poder de la pasión y la perseverancia. La autora aconseja adoptar por lo menos una actividad ardua que requiera de práctica planificada. Suena espeluznante pero no tiene que serlo. La actividad difícil puede ser: aprender a tocar ese instrumento que siempre le ha llamado la atención, aprender un nuevo idioma, o adoptar el hábito de la lectura.

Estrategia #2: La práctica de meditación de atención plena  es un gimnasio para entender las estrategias favoritas de su propia mente para crear excusas. Hoy en día hay apps como Headspace  y videos, como el de abajo, que le pueden dar una primera prueba de cómo se siente esta técnica. Una sesión de meditación es un espacio para entrenar al jinete en el arte de llevar las riendas de la mente.

Dar la pelea

 “No entres dócilmente en esa buena noche,

Que al final del día debería la vejez arder y delirar;

Enfurécete, enfurécete ante la muerte de la luz.”

 No entres dócilmente en esa buena noche, Dylan Thomas

Soy un eterno enamorado del arte y la ciencia. Ver lo que hemos logrado colectivamente con las redes de comunicación me pone los pelos de punta. Es por esto que al ver las noticias de la semana pasada, me convenzo cada vez más que hemos dado unos pasos atrás. Creo que la colectividad humana está flaqueando momentáneamente ante los impulsos tribales, que buena parte de nuestra herencia genética no hace justicia a los logros maravillosos que hemos conseguido.

Me doy cuenta de que mi viejo tenía razón: si seguimos dándole rienda suelta a la cultura del entretenimiento, y si seguimos permitiéndonos excesiva actividad por inercia, corremos el riesgo de atrofiar nuestra capacidad de introspección. El elefante nos ha traído hasta donde estamos, pero el progreso apunta a un lugar más alto y tolerante. Ejercitar al jinete se vuelve entonces nuestro deber.

 

 

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