Opinión Religión

Hallar una finalidad cósmica

29 agosto, 2014

Con el torpe cuidado de cuatro amigotes inexpertos que se inclinan sobre un tronco. Quieren cortarlo para la fogata del campamento, pero no saben bien cómo llevar a cabo la tarea. Con gran determinación y poca elegancia, improvisan.

Con la ternura de la madre que posa su angustiada mano sobre la frente su hijo, afligido de fiebre, para que pueda vomitar a gusto.

Con la intrepidez de un marinero que acerca el borde de su cuchillo a la cuerda que deber cortar.

De esos tres modos, cuatro adultos, se inclinan sobre un niño que grita su despedida a todo pulmón. El chiquillo se percata está a punto de abandonar la vida de la manera más inconcebible, de mano de adultos.

Adultos sin licor en sus venas. Adultos que escogieron las sandalias que llevan puestas, porque son de su preferencia. Sandalias.

Este torrente mental inunda mi cabeza, en medio de lo que se suponía debería haber sido una amena pausa en mi trabajo. En lugar del efímero confite, que normalmente Facebook me da, el mundo se abalanza del monitor y me da una bofetada en la cara.

Este es el mundo donde giro. No solo cappuccino y café de especialidad, Juan Jacobo. A menos de un día de vuelto, personas sobrias están rasgando cuellos en equipo. No por deudas. No por pasión.

Por fe.

Que cada quien piense lo que quiera

La exclamación infaltable que siempre ha de materializarse cuando traiciono la promesa que siempre me hago y tercamente saco a colación el tema de la religión. La fe religiosa es como aquella copa de vino que, cuando viene de camino, uno bien sabe que está de más pero es inevitable. Que cada quién piense lo que quiera, y deje a los demás. ¡Lindísimo!

Para graduarme de ingeniero tuve que pararme firmemente en frente de un pelotón de profesores del colegio de ingenieros para que me ametrallaran durante más de una hora. Examinaron mis conocimientos y –más importante aún- mi capacidad de ofrecer pruebas epistemológicas de por qué yo estaba respondiendo de la manera en que lo hacía.

Este sistema existe, está en pie desde hace siglos. El hecho de que usted vaya a dejar a sus seres queridos al aeropuerto sabiendo que el avión va a volar y aterrizar, demuestra que usted también cree en esta rigurosidad científica. El hecho es que cuando esos mismos aviones se estrellaron contra concreto, el combustible que inyectaba a los terrorista era precisamente… sostener sus creencias indefendibles como verdad absoluta.

Un amargo chiste sin final

Tres creyentes entran a un bar; un Conquistador Cristiano del siglo 16, un Yihadista , y un político Mormón.

El Conquistador dice: “Antes de zarpar al nuevo mundo me entregué a la devoción. Oré día y noche, ayuné y me flagelé durante dos semanas. Al amanecer del 13 día me desperté a media noche, mi cuarto estaba radiante con luz omnipresente. En frente mío el mismísimo San Juan de Ávila flotaba en medio del cuarto, se acercó y me dijo que era mi deber ir al nuevo mundo y entregar la palabra de Dios ante los no creyentes.”

El Yihadista dice: “Aún recuerdo cuando a mis 11 años de edad, durante el Ramadán, decidí ayunar completamente durante siete días y siete noches. Al ocaso del séptimo día, cuando me estaba quedando dormido mis oídos se llenaron de música celestial. Sentía como si estuviera cayendo. En ese momento escuché una estruendosa voz que venía del cielo lo llenaba todo, me decía que sobre mí había caído la sagrada responsabilidad de unirme a las gloriosas fuerzas de ISIS.”

El Mormón termina: “Recuerdo el día en que mi familia conducía camino a la casa de mis abuelos. Llovía a cántaros, y en una curva papá perdió el control del carro. Resbalamos largamente, el carro se volcó y rodó violentamente. Estaba seguro de que íbamos a morir. En ese instante cerré mis ojos y vi el Planeta Kolob, y escuché la voz de Dios que me dijo… no es tu hora todavía, hijo. Tienes que salir al mundo y compartir la Palabra de Jesús.

¿Y el chiste? El chiste es cuando estos mitos se derraman sobre la arena pública, y nadie se atreva a someterlos a la maquinaria lógica que hace que en este instante su computadora funcione para leer esto.

He de admitir, si los tres caballeros son moderados, como usted y yo, la situación no es trágica. Pero la historia continúa dando ejemplos de soberbia religiosa que invariablemente terminan con sangre despilfarrada. No se trata de ninguna religión en particular. ¿O es necesario recordar episodios cuidadosamente barridos debajo de alguna de las suntuosas alfombras del Vaticano?

Cuestionar sin reparo

Mi observación es la siguiente: lo admitamos o no, todos operamos bajo las mismas normas de rigurosidad científica y lógica del mundo ingeniería. Excepto –claro está- en tema de religión. Esta es una tierra de nadie, donde el cuestionamiento es visto como insolente. No estoy de acuerdo con esto. Pienso que al separar el pensamiento lógico de la vida espiritual estamos obstaculizando la herramienta que históricamente ha sido capaz de curar el comportamiento irracional: el pensamiento crítico.

Para mí, cortarle la cabeza a un niño, o llenársela de creencias irracionales son crímenes equiparables.

Los cuatro caballeros

El niño llora. Uno de los adultos detiene sus manos y apoya su peso sobre el pecho joven. El crío piensa en su madre mientras su mundo se apaga. El cuchillo corta. ¿Qué verá después? ¿Las puertas de San Pedro? ¿Alá enviándolo al cielo o al infierno? ¿Una nave espacial que lo llevará al Planeta Kolob? ¿Francamente? No me importa.

Lo que sí me importa es el innecesario sufrimiento de esos últimos momentos. Me importa que las creencias religiosas no se conviertan en el insulso combustible de una conflagración mundial. Me importa creer que los seres humanos podemos sobrevivirnos.

Que nunca se nos olvide que el mismo autor que cantó “vive y deja vivir” fue el mismo que nos señaló a imaginar un mundo sin religión.

¿Mi sugerencia? Mejor que hable Carl.

“El significado de nuestras vidas y de nuestro frágil planeta viene, pues, únicamente determinado por nuestra propia sabiduría y coraje. Somos nosotros los guardianes del sentido de la vida. Ansiamos un Progenitor que cuide de nosotros, que nos perdone nuestros errores, que nos salve de nuestras infantiles equivocaciones. Pero el conocimiento es preferible a la ignorancia. Es mejor, por mucho, comprender la dura verdad que creer una fábula tranquilizadora.

Si ardemos en deseos de hallar una finalidad cósmica, encontremos primero una meta digna para nosotros.”

Sagan, Carl. Un punto azul pálido: una visión del fututo humano en el espacio. 1. ed. Barcelona: Planeta, 2006.

 

 

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